La Mula: Heroísmo ante el ocaso

Por Alonso Aguilar

La figura de Clint Eastwood es de cierta forma un componente inseparable del imaginario que tenemos del cine. Su temple estoico, personalidad solitaria e infalible certeza con el revólver son la plantilla principal sobre la que se construye un ideal anacrónico de la masculinidad en las películas. Alto, blanco y atractivo. Impredecible e impulsivo, pero siempre regido por una serie de valores inamovibles.

Si bien la fama de Eastwood nace de roles en esta índole como El Hombre sin nombre en los spaghetti western de Sergio Leone o Harry Callahan en la saga de Dirty Harry, la carrera como director del ícono estadounidense ha hecho un esfuerzo consciente (y auto-reflexivo) de problematizar nuestra concepción de heroísmo.

Sus preocupaciones temáticas y pragmática agilidad formal han permeado particularmente su filmografía de los últimos 10 años, donde cintas como J. Edgar (2011), American Sniper (2014) y Sully (2016) han buscado desmitificar la variedad de figuras de la historia moderna estadounidense, con distinto grado de efectividad.

Hasta cierto punto, La Mula sigue esta tradición, al narrar la historia real de un veterano de guerra y horticultor nonagenario que termina involucrado con el contrabando de narcóticos para el cártel de Sinaloa. La principal diferencia yace en que el rol de Earl Stone (basado en Leo Sharp) es interpretado por el mismo Clint, en su primer protagónico en un filme propio desde la aclamada Gran Torino (2008).

 

Así como su deconstrucción del macho testarudo de hace diez años, Eastwood le adhiere una potente dimensión autobiográfica a su caracterización. El Earl Stone de La Mula no es meramente un abuelo narcotraficante. Se trata de un veterano de la guerra de Corea cuya autodeterminación hacia su profesión lo mantiene distante de su familia. Un hombre que sigue aferrado a sus glorias pasadas y cuyo interés en adaptarse a los nuevos paradigmas de las generaciones emergentes es nulo. Por si la función terapéutica de la cinta aún no quedara clara, la hija con rencor por la ausencia de su padre es interpretada por Alison Eastwood, verdadera heredera de Clint.

Estos paralelismos no sólo componen el núcleo emocional de una película que de manera sutil y paulatina se torna en una reflexión melodramática sobre la importancia de la familia, sino que también se aprovechan para una disección de lo que representa un arquetipo como el del cineasta californiano.

El juego con el referente que evoca su figura parte desde el evento que cataliza la trama. Al encontrarse envuelto en problemas financieros por no poder competir con las ventas por internet, el cartel encuentra en Stone su candidato perfecto. De manera superficial, la imagen de un ex-militar caucásico y republicano contrasta por completo con el estereotipo de una mula para los narcos, pero el contexto personal es el que se torna esencial. Earl, y por siguiente Clint, no tienen a qué temer. En el Estados Unidos contemporáneo, un hombre con su legado, tez y carisma está en las de ganar siempre.

La Mula es consciente de estos prejuicios, y los vislumbra con un tratamiento que ironiza la naturaleza estructural de las complicadas relaciones raciales que aún se ven hoy en día. Es desde este juego con la ruptura de expectativas que la película se complementa con un humor efectivo manejado con fluidez por Eastwood, quien conjuga en los 116 minutos de duración un ritmo envolvente y un uso de la elipsis que fortalece la inmersión en la historia.

Sus viajes para “entrega” evitan la exploración minuciosa o la estéril exposición de un drama policial tradicional (de hecho, la subtrama con Bradley Cooper como un agente de la DEA rompe un poco con el resto de la propuesta), y más bien sirven como un espacio para meramente ver a Earl ser Earl cantando sus clásicos country y quejándose de las manías de la juventud. De cierta forma, estos momentos remiten a ese arquetipo antes mencionado de masculinidad, donde el individualismo y la gratificación de un “trabajo bien hecho” son todo lo que importa. Así lo era en El Bueno, El Malo y El Feo (1966), pero como expresa el drama central de reivindicación filial, viene con un costo importante.

Al final, tanto Earl como Clint parecen buscar cierto tipo de catarsis en su perdón. Una apelación a que más allá de su legado canónicamente ejemplar y su imagen construida de virilidad, existe una persona compleja con sus propias preocupaciones. Una que sabe que le quedan pocas oportunidades para enmendar, pero que con ellas hace todo lo posible. La línea entre interpretación y proyección eventualmente se torna indivisible, y al rodar los créditos solo queda el sentir de gratitud ante qué el testamento de tal problematización sea retratado congruentemente en el cine.

 

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