A veces, la idea no es buscar lugares, si no, compartir destinos – Por Camilo Villegas C

Y en ese acto invisible, puede ser que encontremos la magia de alguna estrategia para medir el tiempo sin la necesidad de un segundero.

Durante casi tres días, San José fue un verdadero «Parqueo Público»; un parque de atracciones lúdicas que conjugaba perfectamente a todos los rangos de edad.

De pequeño, me encantaba la idea de transicionar desde la comodidad hogareña hacia la calles del pueblo sin ningún plan en concreto, más que la disposición de dejarme encontrar. Creo que soy del tipo de personas que le gusta socializar, pero no depender del cómo, cuándo ni dónde.

Y eso fue precisamente lo que me dispuse a hacer este fin de semana pasado que nos regaló la municipalidad de Chepeña.

Siendo herediano, y sabiendo lo que casi siempre cuesta llegar a hasta la capital; abandoné la idea de presagiar mi tiempo libre; me fui con mis expectativas y la sana noción de que en la calle iban a re-aparecer aquello y aquellos, que sin saberlo, anhelábamos ver.

Una vez ahí, fue que me encontré con este festival artístico interdisciplinario lleno de gente diversa; viendo la maquinaria accionar para orquestar un sin fin de actividades en medio de reuniones no premeditadas entre amigos y conocidos.

Así las cosas, no pude evitar pensar en lo bonito de las causalidades, porque suceden con algo más de encanto propio que su casi sinónimo.

“¡Que montón de ecosistemas, y que emoción pertenecer a todos los que me plazca!”, pensé para mi mismo, y mientras transitaba por los distintos sitios a los que el instinto me conducía, la agenda de programación me recordaba lo que tenemos en común todos los que estábamos ahí:

La esperanza de salir y recuperar las calles, salir a un espacio donde no necesitáramos de un auto ni una presa para sentirnos en la GAM.

Yo salí a caminar y solo podía distinguir rostros multicolores, tantos que parecía el casting perfecto para la representación temática de cómo debería ser un fin de semana: Alguien paseaba a su mascota, otros a su hijo, y estaban aquellos como pareja o compinches. Me envolví de sabores y olores, de una franqueza visual hacia la felicidad, y de una rareza sentimental que me seguía diciendo que estaba sólo por decisión propia, pero cada vez más acompañado por la multitud; cada vez más tranquilo de no planificar y solo dejarme fluir.

Tranquilo de oír la música bailando con sonrisas, de presenciar una coreografía de parques nacionales entretener a su público, y de conmemorar al entretenimiento como un acto de servicio cultural.

Que escenario más dichoso, ¡San José vive! Este es un país que clama por más arte que camina; y nosotros somos quienes lo llevamos de la mano.

Así me despido, sin fotos… porque cada uno tiene su propio recuerdo para representar lo que vivió, y porque fuimos una memoria colectiva que pronto revivirá si ciclo.

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