Green Book: Problemas del ayer | Por Alonso Aguilar

En un afán por acoplarse al contexto actual de reivindicaciones y cambio social, los Oscar han diversificado a sus votantes y empezado a mostrar interés en otros cines, como lo han sido las cintas independientes en años recientes, y los blockbusters en esta edición. Pese a estos cambios, aún existen vestigios de los que la Academia no escapa fácilmente, y Green Book, una de las favoritas para ganar este año, es un gran ejemplo de ello.

La película narra la historia de cuando a inicios de la década de los 60, el matón italiano americano Frank “Tony Lip” Vallelonga (Viggo Mortensen) es contratado como conductor del afamado pianista negro Don Shirley (Mahershala Ali). El peculiar pareo de estos dos hace que Tony tenga que dejar sus prejuicios de lado y moderar su explosivo temperamento, ya que su principal labor yace en asegurar el bienestar de Don en medio del complicado entorno de una gira por el sur de los Estados Unidos (el cual en aquel entonces aún insistía en la segregación racial).

En papel, existe potencial dramático y cómico en el contraste de personajes tan disímiles como los protagonistas, pero para lo primero es necesario que exista una caracterización más profunda de la que el guión está dispuesto a proporcionar, ya que en el mundo de Green Book los personajes existen meramente a través de grandes rasgos y arquetipos.

Vallelonga es un hombre simple y chabacano quien encuentra su pasión y felicidad en pequeñas cosas como comer, ver partidos de béisbol y el amor por su esposa. Su estereotipo italiano es entonces no solo una de sus dimensiones, sino la totalidad de su personaje.

En un afán por acoplarse al contexto actual de reivindicaciones y cambio social, los Oscar han diversificado a sus votantes y empezado a mostrar interés en otros cines, como lo han sido las cintas independientes en años recientes,  y los blockbusters en esta edición. Pese a estos cambios, aún existen vestigios de los que la Academia no escapa fácilmente, y Green Book, una de las favoritas para ganar este año, es un gran ejemplo de ello.  La película narra la historia de cuando a inicios de la década de los 60, el matón italiano americano Frank “Tony Lip” Vallelonga (Viggo Mortensen) es contratado como conductor del afamado pianista negro Don Shirley (Mahershala Ali). El peculiar pareo de estos dos hace que Tony tenga que dejar sus prejuicios de lado y moderar su explosivo temperamento, ya que su principal labor yace en asegurar el bienestar de Don en medio del complicado entorno de una gira por el sur de los Estados Unidos (el cual en aquel entonces aún insistia en la segregación racial).  En papel, existe potencial dramático y cómico en el contraste de personajes tan disímiles como los protagonistas, pero para lo primero es necesario que exista una caracterización más profunda de la que el guión está dispuesto a proporcionar, ya que en el mundo de Green Book los personajes existen meramente a través de grandes rasgos y arquetipos.   Vallelonga es un hombre simple y chabacano quien encuentra su pasión y felicidad en pequeñas cosas como comer, ver partidos de béisbol y el amor por su esposa. Su estereotipo italiano es entonces no solo una de sus dimensiones, sino la totalidad de su personaje.     Esto funciona en los pasajes en que la película se centra en su naturaleza cómica, donde se explotan las fortalezas del director Peter Farrelly, mitad del dúo de hermanos que dirigió éxitos como Loco Por Mary (1998) y Dumb and Dumber (1994), para orquestar risas.   La ligereza de estas interacciones entre Mortensen y Ali ve a los actores explotar su carisma para hacer la amistad palpable y la comedia regularmente efectiva, pero este mismo tratamiento se mantiene a la hora de explorar temas más complicados.   Don Shirley se proyecta como un personaje complejo. Un hombre negro cuyo prestigio intelectual y estatus suelen evitarle tensiones raciales, pero también lo llevan a cuestionar su propio sentido de identidad. Con lo poco que le da el guión, Mahershala Ali deja un grato retrato, pero su conflicto interno es reducido a líneas torpes y sobre-enfáticas, mientras que su homosexualidad es tratada como una nota al margen sin un verdadero compromiso por dramatizarla.  En vez de esforzarse por explorar la profundidad de Shirley, la película opta por vislumbrar las consecuencias del racismo desde la mirada de ojos verdes de Tony Lip, cuyo arco de redención se vuelve tan didáctico como pasar de botar vasos utilizados por trabajadores negros a aceptar a Don como un invitado en su casa. Es aquí en donde Green Book no solo parece una película situada en los años 60, sino una que también mantiene políticas de esa época.   La progresión entre los momentos mencionados no se ve representada desde algo más allá que los incidentes. Vallelonga es tan soez y burdo al inicio como al final, pero de alguna manera no explorada, el tiempo que comparte con Shirley lo humaniza. Para crear una falsa equivalencia, la cinta  también plantea que lo mismo sucede hacia el otro lado. Que la actitud desatendida e ingenua de Tony es algo de lo que el refinado y  esnob de Don aprende para sentirse más a gusto consigo mismo. En esta contendora a Mejor Película la clase y la raza son tratadas con tal simpleza que su diferencia se torna inexistente. Su propuesta para la solución de un problema social estructural es un vínculo en donde ambas partes aprenden una de la otra.   No hay duda de que a través de sus buenas intenciones, Green Book invita a una experiencia de visionado amena, pero en un contexto turbulento, su afán complaciente no solo se siente anacrónico y blando, sino hasta irresponsable. Como bien aprende Tony Lip: quizás las herramientas del ayer no deberían de estar tan presentes en el ahora. Esto funciona en los pasajes en que la película se centra en su naturaleza cómica, donde se explotan las fortalezas del director Peter Farrelly, mitad del dúo de hermanos que dirigió éxitos como Loco Por Mary (1998) y Dumb and Dumber (1994), para orquestar risas.

La ligereza de estas interacciones entre Mortensen y Ali ve a los actores explotar su carisma para hacer la amistad palpable y la comedia regularmente efectiva, pero este mismo tratamiento se mantiene a la hora de explorar temas más complicados.

Don Shirley se proyecta como un personaje complejo. Un hombre negro cuyo prestigio intelectual y estatus suelen evitarle tensiones raciales, pero también lo llevan a cuestionar su propio sentido de identidad. Con lo poco que le da el guión, Mahershala Ali deja un grato retrato, pero su conflicto interno es reducido a líneas torpes y sobre-enfáticas, mientras que su homosexualidad es tratada como una nota al margen sin un verdadero compromiso por dramatizarla.

En vez de esforzarse por explorar la profundidad de Shirley, la película opta por vislumbrar las consecuencias del racismo desde la mirada de ojos verdes de Tony Lip, cuyo arco de redención se vuelve tan didáctico como pasar de botar vasos utilizados por trabajadores negros a aceptar a Don como un invitado en su casa. Es aquí en donde Green Book no solo parece una película situada en los años 60, sino una que también mantiene políticas de esa época.

La progresión entre los momentos mencionados no se ve representada desde algo más allá que los incidentes. Vallelonga es tan soez y burdo al inicio como al final, pero de alguna manera no explorada, el tiempo que comparte con Shirley lo humaniza. Para crear una falsa equivalencia, la cinta también plantea que lo mismo sucede hacia el otro lado. Que la actitud desatendida e ingenua de Tony es algo de lo que el refinado y esnob de Don aprende para sentirse más a gusto consigo mismo. En esta contendora a Mejor Película, la clase y la raza son tratadas con tal simpleza que su diferencia se torna inexistente. Su propuesta para la solución de un problema social estructural es un vínculo en donde ambas partes aprenden una de la otra.

No hay duda de que a través de sus buenas intenciones, Green Book invita a una experiencia de visionado amena, pero en un contexto turbulento, su afán complaciente no solo se siente anacrónico y blando, sino hasta irresponsable. Como bien aprende Tony Lip: quizás las herramientas del ayer no deberían de estar tan presentes en el ahora.

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