Lady Bird: El esquemático camino a la madurez – Por Alonso Aguilar

La adolescencia es uno de los momentos de mayor incertidumbre en la vida de cualquier persona. Justo cuando el cuerpo empieza a cambiar, la concepción de mundo que se tenía hasta ese entonces se tambalea con la exposición a nuevas personas, nuevos entornos y nuevas ideas. Es un proceso en donde el mundo a nuestro alrededor se esclarece a partir del propio auto-descubrimiento, y para muchos esto puede ser una experiencia abrumadora marcada por “las primeras veces”. Pero asimismo, esta transición concluye en una de las pocas certezas que hay aparte de la muerte, el llegar a la adultez.

La riqueza dramática que parte de las incongruencias de esta experiencia es algo que las artes narrativas han explorado por siglos en diversidad de formas y que popularmente se le suele definir como el “coming-of-age”, sub-género que ha alimentado al canon de la cultura popular con hitos que van desde clásicos de la literatura moderna como Catcher In The Rhye (1951) de J.D. Salinger hasta estimulantes retratos contemporáneos en filmes como la mayoría de la obra de Richard Linklater, particularmente Boyhood (2014). Lady Bird (2017), debut como directora en solitario de la reconocida actriz Greta Gerwig (Frances Ha), se adscribe a esta tradición  con solvencia, pero a diferencia de lo que indicaría su estatus como una de las películas más aclamadas del año pasado, hace poco por trascenderla.

lady bird película

El filme se enfoca en retratar de manera íntima el acontecer en la vida de Christine McPherson (Saoirse Ronan), quien en su proceso de búsqueda de identidad se ha auto-bautizado como “Lady Bird”.

La narrativa se compone de una serie de situaciones en el último año de secundaria de la protagonista, quien se encuentra en conflicto ante la dicotomía de sus ambiciones y la realidad que significa ser una adolescente rebelde en una escuela católica en el pequeño Sacramento, California. Lo que sucede es lo que suele suceder en este tipo de historias: Tensiones familiares ante la “falta de comprensión”, intentos de encajar con los chicos populares antes de darse cuenta de su superficialidad, amoríos efímeros con patanes idealizados, epifanías sobre el valor de la amistad y la familia, etc.

Donde el filme de Gerwig se distingue es en su compromiso con una estética naturalista y el afecto genuino que evoca en su retrato de un contexto sumamente específico a través de sentires universales. Si bien puede que nunca se haya caminado ebrio por los suburbios de Sacramento, el núcleo emocional de la perspectiva autobiográfica de la directora se nota genuino y por momentos hace la empatía algo palpable, como si tratara de un diario que ha quedado abierto para el espectador.

Lo que sucede es que más allá de la apuesta de un tratamiento observacional y cierta consciencia de clase que queda un tanto inexplorada, el filme no termina de escapar las caracterizaciones arquetípicas y convenciones estructurales que han plagado el género. Puede tener la ambición etnográfica de una propuesta independiente en la línea de Andrea Arnold (Fish Tank, American Honey), pero al final del día sus subrayados sobre-enfáticos y “peculiaridad” un tanto forzada caen en la tradición más estilizada de John Hughes  (Breakfast Club, Pretty In Pink). Esto último no es inherentemente negativo, pero sí demuestra una ruptura entre la aparente intención y lo que termina siendo la ejecución.

Como una historia de coming-of-age, Lady Bird cumple en su labor de la representación desde la particularidad como medio para la apelación general, donde seguramente muchos se verán reflejados, pero más allá de esto son pocos los elementos que hacen al filme nominado al Oscar realmente distintivo o hasta memorable.

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