The Shape of Water: El romance desde la otredad – Por Alonso Aguilar

En tiempos regidos por el cinismo y el desencanto generalizado, es común ver obras que se empapan del contexto y sirven como un reflejo devastador de la realidad. Están aquellas que cuestionan al confrontar con crudeza y brutalidad, otras que ponen a reflexionar desde el desaliento, y muchas que buscan alarmar con la hipérbole. La importancia de este tipo de cine es innegable, pero su predominancia suele eclipsar el valor de propuestas más inocentes, cuya carta fuerte precisamente yace en el sentido de asombro inherente a su ingenuidad. Esta descripción aplica para el cine del director mexicano Guillermo Del Toro,  quien ha hecho su carrera a partir de un romanticismo y aprecio de la fantasía tan genuino como anacrónico, y The Shape of Water se presenta como la síntesis definitiva de su visión como cineasta.

El filme ha sido descrito por el realizador como el gran proyecto de sus pasiones, y de entrada aquellos familiarizados con su trabajo notarán elementos e ideas recurrentes de su obra. Una vez más, su protagonista es una figura de pureza e inocencia, en este caso una conserje muda llamada Elisa (Sally Hawkins), quien trabaja las noches limpiando en un centro de investigación gubernamental y pasa sus tardes viendo películas de la edad dorada hollywoodense con su vecino Giles (Richard Jenkins).

Elisa (Sally Hawkins)
Elisa (Sally Hawkins)

Entre su discapacidad y la homosexualidad de su amigo, se forja un lazo de amistad basado en la empatía y la complicidad en medio de un contexto político donde la otredad es temida y marginalizada (el filme se sitúa en el Baltimore de la década de los 60, en medio del movimiento de derechos civiles para la población negra y la Guerra Fría), pero aún su apoyo mutuo no se sobrepone a la soledad que cada uno siente de manera individual. Esto hasta que llega al laboratorio un extraño especimen, reminiscente en trasfondo y apariencia al monstruo de la laguna negra, en el que Elisa parece finalmente encontrar su complemento.

La premisa puede sonar trillada, más en sintonía con el cine B de mal gusto que con un aclamado filme de prestigio, pero Del Toro la aborda sin pizca alguna de morbo o ironía. Para él la seducción entre esta tímida mujer y el humanoide anfibio es algo bello salido de un cuento de hadas, y su manejo estético exalta esta idea.

Desde el primer encuadre la cámara danzante del danés Dan Laustsen (Crimson Peak, John Wick 2) sumerge en un mundo de tonalidades verdosas e iluminación expresionista que le da vida al intrincado arte y diseño de producción, el cual pinta con idiosincracia esta saturada y lluviosa ciudad costera. La musicalización de Alexandre Desplat (El Gran Hotel Budapest), por su parte, termina por darle el tono romántico con sus melancólicas composiciones que guían el centro emocional de esta poco ortodoxa historia de amor.

Como es costumbre en su cine, Del Toro construye su universo desde lo intertextual. Su amor por el cine clásico irradia el registro de las actuaciones (expresivas y ostentosas) y su aprecio genuino del cine de género le brinda herramientas para deconstruirlo con inspiración. La protagonista no sería más que un extra en un filme de monstruos de los 50, pero al gravitar hacia ella se le da una perspectiva fresca y periférica a la fórmula, esto al menos en su primera hora.

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Una vez que se llega al tercer acto, el ritmo sublime y el encanto dan paso a un thriller más convencional, donde el sadista Coronel Strickland (Michael Shannon) busca a toda costa acabar con la criatura. Como ha sido constante en su filmografía, la principal dificultad de Del Toro parece ser encontrar un balance entre las delimitaciones del tono que propone con las tendencias del cine al que le tiene aprecio, y en esta ocasión sucede lo mismo. El personaje de Michael Shannon es excesivo y caricaturesco aún para el mundo fantástico que se propone, mientras que una subtrama de espionaje soviético parece ser introducida exclusivamente para exaltar un entorno político que funcionaba mejor como subtexto al inicio de la película. También sucede que la onerosa estilización y los diálogos sentimentalistas por momentos abruman con su fervor.

Aún así, la película logra equiparar con momentos de inspiración genuina donde el sentido de asombro de Del Toro logra traspasar la pantalla y apelar de manera directa. No hay duda de que para el mexicano se trata de una historia importante, contada desde su particular visión nostálgica y, por la mayor parte, con la gracia que solo aparece en sus trabajos más sinceros. Podría pensarse que defender el amor que trasciende fronteras y apariencias es algo redundante y hasta idealista, pero cuando se logra  transmitir con tal pasión y oficio, nunca estará de más el recordatorio, menos en tiempos donde a veces parece que lo damos por sentado.

Está crónica es posible gracias al apoyo de Cine Magaly.

 

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