Violeta Al Fin: La intimidad de la liberación – Por Alonso Aguilar

Violeta al fin

Para nadie es secreto que el entorno audiovisual vive actualmente momentos difíciles. Los últimos meses han develado una serie de acusaciones devastadoras hacia varias figuras públicas de alto renombre en la industria cinematográfica, lo que expone la jerarquía de poder y el abuso sistemático que están de fondo ante la percepción constante de la falta de representación. Si bien este panorama es desalentador, existen ciertas expresiones que permiten mantener esperanza, y los últimos años en el cine costarricense han sido claro ejemplo de esto.

Desde la exploración formal de representaciones intimistas de la joven mujer contemporánea como “Nina y Laura” (2015) de Alejo Crisóstomo y “Rosado Furia” (2014) de Nicolás Pacheco hasta el naturalismo lírico que expresa el trabajo de directoras como Paz Fábrega, Ishtar Yasin y Roya Eshraghi. Las producciones más destacadas del canon nacional han estado directamente ligadas a una perspectiva femenina, y “Violeta Al Fin” (2017) de Hilda Hidalgo viene a consolidar esta idea.

La directora egresada de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba se dio a conocer en el contexto latinoamericano y más allá con su ambiciosa y muy bien lograda adaptación de “Del Amor y Otros Demonios” (2009), uno de los filmes nacionales con mayor recorrido y aclamación a la fecha. En aquel entonces, Hidalgo apropió la historia de deseo y represión en la América colonial y le impregnó una identidad propia a partir de su tono contemplativo lleno de sutiles matices dramáticos y un énfasis en la atmósfera que enganchaba a pesar de cierta distancia emocional. En el caso de su nuevo filme, el carisma y el tono ameno llegan a complementar las fortalezas de su expresividad visual.

La trama se centra en el personaje homónimo interpretado por Eugenia Chaverri, una mujer mayor divorciada que frecuenta lecciones de natación, reuniones con sus amigas y familiares, y que tiene la ilusión de tener su propia pensión en las habitaciones vacías de su casa. El conflicto central se genera con la notificación de que su casa, aquella que ha visto el acontecer de sus memorias más vívidas y sobre la cual adhiere sus ambiciones, será rematada por el banco. A partir de esto, la protagonista rompe los estigmas sobre el papel de una mujer de 72 años y empuja los límites de su autonomía y autodeterminación.

En esencia, “Violeta Al Fin” es el retrato íntimo de una mujer perseverante. Los primeros planos, la poca profundidad de campo y las tomas subjetivas de la fotografía de Nicolás Wong posicionan al espectador en la perspectiva de doña Violeta, la cual se construye como un personaje multidimensional desde sus simpáticas interacciones con otros y un manejo actoral que enfatiza las sutilezas de cada gesto, mirada y entonación.

Más allá de las idas a la corte y los conflictos con los bancos, el interés de Hidalgo parece estar en cómo estos hechos externos son interiorizados por la señora en la cotidianeidad de su día a día, lo que se aprovecha con un gran balance entre el dramatismo de los silencios en los momentos de decisión y el efectivo humor situacional de los dinámicos diálogos entre personajes, particularmente los  de Violeta con su nieto adolescente y con su inquilino y profesor de natación, interpretados con soltura por el experimentado actor mexicano Gustavo Sánchez Parra (Amores Perros).

En la medida en que la incertidumbre toma protagonismo en la vida de Violeta, la puesta en escena se adapta al in crescendo del arco dramático, deleitando así con la introducción de secuencias oníricas llenas de significado y elementos que dan una dimensión lírica bienvenida, como el juego con la expresividad de la iluminación y el uso de una banda sonora atmosférica.

Si bien esto rompe un poco con la propuesta del resto del largometraje, su posicionamiento en el momento del clímax se justifica como la catarsis del personaje, representada desde lo sensorial con imágenes que evocan a la poesía visual de autores como Tarkovsky (en una toma en particular).

Al considerar las virtudes de la ejecución formal del filme y la realidad invisibilizada que expone con tacto y profundidad, la segunda película de Hidalgo demuestra su valía, pero es la soberbia actuación de Eugenia Chaverri la que termina por vender esta historia. La versada actriz de teatro no solo crea un personaje memorable, sino que hace de su sentir una guía emocional palpable y resonante a lo largo de los 87 minutos de duración.

“Violeta Al Fin” es el extraño caso de ese filme que es accesible y encantador, pero que no por ello compromete una visión artística determinada. La singularidad de su historia de empoderamiento y esperanza no solo es una adición bienvenida y refrescante al cine nacional, sino que se torna esencial en una industria emergente y en un contexto social agobiante.

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