La Columnita Teriyaki. El Arte de Llorar una Estrella. Por Gustavo Quirós.

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Normalmente me levanto a las 7:45 de la mañana, a veces me vuelvo a dormir, pero para las 8:00 ya estoy despierto. Los fines de semana puedo dormir hasta más tarde, pero para eso de las 8:30 mi espalda ya empieza a joder. Si insisto puede que me vuelva a dormir, dependiendo de la hora a la que me haya dormido la noche anterior.

Esa mañana fue extraña, de pronto me desperté y traté de darme vuelta para volver a dormir, luché como por 15 minutos para dormirme y no pude, por un momento pensé que ya era hora de levantarme, pero la luz no era la correcta, era luz fresca, luz nueva, esa luz de día que no tiene mucho rato de haber salido, que le faltaba más amarillo.

Busqué el celular para ver qué hora era y cuánto faltaba para despertarme. Justo debajo del 6:10 a.m. que marcaba la hora tenía un mensaje de un amigo, tomé el teléfono y vi el mensaje, lo leí, puse el celular en la mesa de noche y tomé de la mano a Andrea. Normalmente ella se asusta cuando la despierto, pega un brinquillo y hace una inhalación fuerte y profunda, pero ese día no lo hizo, nada más me volvió a ver y me dijo: “¿Qué pasó?” – “Se murió Bowie” le dije. Ella, aún dormida me dijo: “Qué mal” y se volvió a dormir.

Nada más me volvió a ver y me dijo: “¿Qué pasó?” – “Se murió Bowie” le dije. Ella, aún dormida me dijo: “Qué mal” y se volvió a dormir.

Inmediatamente me transporté a 1985, cuando mis hermanos se estaban alistando para ir a la escuela y ponían VH1 mientras desayunaban. Cuando se iban yo no cambiaba el canal, dejaba los videos de fondo mientras jugaba en el suelo, sin embargo, recuerdo una atracción hacia la pantalla cada vez que ponían los videos de Ashes to Ashes y Let’s Dance, los cuales programaban regularmente. Eran hipnotizantes.

Yo no tenía idea por qué me gustaban tanto o por qué me gustaban más que los otros videos, pero no podía quitar mi mirada de esa figura delgada y flamante que salía en la pantalla. A esa edad no entendía su mensaje, para mí era solo un personaje en la televisión que se maquillaba raro y cantaba canciones que me gustaban.

Los años fueron pasando y le perdí la pista a su carrera, sin embargo, tuve la suerte de crecer en un ambiente en el que el nombre de David Bowie siempre se mencionó con el mayor grado de respeto y admiración, y aunque no éramos fans de todas sus obras sabíamos que era un nombre que no se tomaba en vano.

Un día de esos donde uno no sabe qué hacer, a dónde ir o qué escuchar, me puse a revisar los discos de mi hermano y me encontré un disco quemado que decía: “David Bowie – Heathen” y a partir de ese momento mi vida cambió. Nunca, en escasos 23 años, había escuchado algo que lograra calar tan adentro mío de manera tan instantánea. ¡Esa melancolía, esos acordes y la producción del disco! La producción del disco… La manera camaleónica en la que Bowie cambia su tono de voz entre canciones, los coros llenos de vida y dolor al mismo tiempo y el tono y color de cada instrumento… Todo eso hacía que me rindiera cada vez más a su obra, su talento y su persona.

En los días siguientes a su muerte vi que alguien comentó en Facebook que no entendía cómo la gente lloraba por alguien que no conocían, del que nunca fueron amigos o tuvieron una relación y que le parecía ridículo que la gente se pusiera así por la muerte de un artista. Honestamente no tuve una respuesta concreta, yo solo sé que ese día lloré y como por 6 meses se me ponían los ojos aguados cada vez que escuchaba una de sus canciones.

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Tal vez nunca lo conocí en persona, pero yo sé que su música me tocó, me influyó y me hizo mejorar como músico; su mensaje me convirtió en una persona más tolerante y de mente mucho más abierta y aunque ninguna canción hable sobre mí siempre sentí que me hablaban y que de alguna forma me decían que todo iba a estar bien, y lloré porque sabía que ya no estaba y porque estaba eternamente agradecido por todo lo que indirectamente hizo por mí, sin haberlo conocido, sin tan si quiera haberlo visto a lo largo. Por eso lloré, porque a mi manera me iba a hacer falta.

Yo sé que su música me tocó, me influyó y me hizo mejorar como músico.

A los 5 minutos Andre se volvió a despertar, ya más consciente de lo que había pasado, me tomó de la mano y me preguntó si estaba bien. Empezamos a hablar de él, de su carrera, de sus canciones, de qué habría sucedido y de lo repentino que fue todo. Hablamos por horas, hablamos hasta que nos sintiéramos mejor y fue hermoso.

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