Un lugar pintoresco y lleno de variedad es el Mercado Central, fundado en 1880 y declarado Patrimonio Cultural. Es un sitio donde se pueden encontrar souvenirs, ropa, juguetes de madera clásicos, artículos de cuero, pollos desde pollitos, pollo grande, pollo para cocinar y pollo ya cocinado, y más.

Depende de la entrada que uno elija lo recibe un aroma específico, puede ser una bofetada de especias, una brisa marina de pescado, hule y cuero, o comida y camisetas nuevas. Una vez adentro se desarrolla una batalla de olores que se acrecienta o disminuye conforme se va avanzando por los pasillos, pero nunca se resuelve.

Cuando se llega al área de comidas se libra otra batalla, pero esta es entre las sodas para ser elegidas, varias meseras llaman cual si fuesen sirenas invitando a tomar lugar y preguntando “¿Qué le servimos?”. Una vez que uno elige y toma asiento, este llamado se prolonga intentando atrapar a más comensales y no se termina hasta que uno haya salido de ahí (no es que termine en realidad, solamente que uno ya no lo escucha).

Una comida típica nacional muy común en el mercado es la tradicional Olla de Carne, consiste en una sopa hecha con todas las verduras terminadas en “ote” cocinadas a fuego averno (o las versiones más modernas en olla de presión), carne (obvio), repollo en algunos casos, zanahoria, elotes, papas, tiquisque, etc.

No todos los restaurantes o sodas la preparan siempre, algunos tienen su día especial para hacerla, sin embargo, el mercado es el mundo de la eterna olla de carne, donde cualquier día se puede disfrutar de una.

La Soda San Cristóbal es uno de estos lugares donde a cualquier hora se puede comer una olla de carne, aunque desayunar esta sopa sería cavar la propia tumba, ya que es algo pesada y la versión que aquí ofrecen no es para débiles de corazón (literalmente) ni débiles de estómago.

Tres enormes platos oscurecieron el cielo ocupando todo el espacio disponible en mi barra y casi botándome del asiento, uno con arroz, otro con el caldo y el principal con verduras y carne hasta donde alcanza la vista. El refresco natural que me pedí era de tamarindo, bastante refrescante y natural.

Comencé a comer y estoy casi seguro que pasaron varios días mientras lo hacía, el plato no se acababa nunca, bocado tras bocado, minuto tras minuto, Aquí hay un campito que le damos, macho: chances para hoy “gemelitos” del 85, aquí hay un campito que le damos, primo películas estrenos, sólo bueno, Hola: Doña Bernarda, ¿como está el muchacho? Aquí hay un campito que le damos, y todo lo demás que pasa en ese rato. Pero al final de mucho masticar… No lo logré. Mucha Olla de Carne, poco Davisillo…

En sí, estaba muy buena, no me gusta dejar comida, pero era demasiada para mí. Mi plan era pasar luego por un clásico helado de sorbetera, pero ya no tenía más espacio. Justo antes de marcharme me di cuenta, por la señora que se sentó junto a mí, que había una versión más pequeña y económica de olla de carne, pero ya era muy tarde para cambiar, aunque como dato para una próxima visita es importante recordarlo.

Mi recomendación es que sí van por una: desayunen ligero, saquen la tarde libre, pónganse ropa cómoda, zapatos bajos y acuéstense temprano. No se preocupen por la cena porque no la van a a necesitar.

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